La guerra de la cerveza termina en la abadía de Westvleteren

Charlar de disputas y cerveza evoca la imagen de un bar de mala muerte a altas horas de la madrugada. Mas la última batalla en torno a esta bebida en Bélgica tiene un aroma más sagrado y menos soez. Si bien haya alcohol y dinero por el medio. El enfrentamiento comenzó cuando la cadena de supermercados holandesa Jan Linders hizo acopio de la reputada cerveza elaborada por los frailes belgas de la abadía de Westvleteren y la vendió 5 veces más cara. En concreto a diez euros la botella de treinta y tres centilitros. A pesar del sobreprecio, las trescientos cajas libres se terminaron en un día. Un hecho no tan sorprendente si se tiene presente que se considera entre las mejores de todo el mundo y solo se comercializa a las puertas del monasterio, ubicado cerca de la frontera francesa, a más de trescientos quilómetros de Ámsterdam.

No cualquiera está presto a viajar hasta Bélgica para hacerse con ella, lo que explica que su llegada a las estanterías holandesas supusiese un éxito sin paliativos. El inconveniente vino cuando la nueva llegó a oídos de los religiosos. Partidarios del comercio ético, la especulación para enriquecerse con su producto no sentó nada bien a los frailes, que pusieron el grito en el cielo y estuvieron a puntito de recurrir a la justicia en la tierra. Se propusieron denunciar a la cadena por revenderla sin permiso, mas una excusa de la compañía y su compromiso de no regresar a hacerlo, evitaron que el tema acabase en los tribunales.

La cerveza es uno de los grandes orgullos de Bélgica, el tercer país que más exporta esta bebida solo tras Alemania y Holanda. Y la abadía de Westvleteren es uno de sus templos. Para sus inquilinos, la exclusividad es un bien apreciado. Las ofertas de cerveza de la destileria se cuentan entre las 6 que ostentan en Bélgica la categoría de trapenses, una denominación reservada a las que han sido íntegramente preparadas entre los muros de los monasterios. La demanda es alta, y supera extensamente a la oferta. Para adquirir una caja de veinticuatro botellas —el pedido máximo— hay que hacer una reserva por teléfono y también ir a la puerta de la abadía en la data convenida a recogerla.Un grupo de clientes compra un surtido de cajas de cerveza Westvleteren.

Las citas acostumbran a fijarse para múltiples días después, y quien ebrio por su sabor desee reiterar la adquisición debe armarse de paciencia. Hay que aguardar un par de meses para hacer otro encargo desde exactamente el mismo teléfono, exactamente el mismo tiempo que debe trascurrir antes que un vehículo con exactamente la misma matrícula pueda recoger un nuevo pedido en la puerta de la corporación religiosa. Solo implicando a familiares o bien amigos y usando automóviles y teléfonos diferentes puede conseguirse ya antes de ese plazo.

La abadía no se plantea por el momento otorgar a sus usuarios más fieles la posibilidad de adquirirla en comercios más terrenales como bares o bien supermercados. La web es clara: solo se puede adquirir en su punto de venta y solo los que hayan hecho la pertinente reserva telefónica. Esa regla ha tenido no obstante salvedades puntuales. En dos mil once, por vez primera desde el momento en que el monasterio fuera fundado en mil ochocientos treinta y uno, supermercados belgas vendieron una partida de la más famosa de sus 3 cervezas, la Westvleteren 12: obscura, de diez,2º de alcohol. La meta era colectar fondos para renovar sus edificios. Y la contestación fue tan concluyentes o bien más que en Holanda: colas a las puertas de los supermercados ya antes de su apertura y sesenta y seis de los noventa y tres bultos de 6 botellas de treinta y tres cl vendidos ya antes del mediodía a pesar de su elevado coste, veinticinco euros cada uno de ellos. Una inyección extra de dos con tres millones de euros para las arcas cistercienses.

Entendidos de la popularidad de su producto, los frailes informan en su página web a los potenciales compradores de que pueden localizar frecuentemente la línea telefónica ocupada. Quienes para amenizar la espera naveguen por su portal, hallarán cánticos cantados —cantar es rezar un par de veces, afirmaba San Agustín de Hipona— y fotografías orando de la veintena de frailes que habitan la abadía. Acostumbrados al modelo de venta al por menor, los religiosos estudian ahora de qué forma pudo la cadena holandesa hacerse con un stock tan esencial de su cerveza. Sin rencores. Si algo hay más esencial que la exclusividad para un fraile, eso es el perdón.

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